Catedrática: Marta Palacios

La Calle de los sueños rotos : Parte II

-Gracias por tu comprensión, pero como veras me siento acongojado sobre esto, quisiera poner en venta esta propiedad, pensar que la familia de Legrand está a solo unas cuadras de ahí, me hace sentir triste… -Se volvió a seguir viendo a los niños jugar.

-Está bien padre, tu sabes que te apoyo incondicionalmente…- Exprese con un suspiro, mientras terminaba mi última porción de comida.

-Pero antes quisiese darlo en muy buen estado, te parece si pido unas vacaciones y vamos a pintar todos los días?

-Claro, con mucho gusto!-Exclame con una sonrisa

Los días pasaron, y precisamente como él me lo había dicho, pidió descanso de su trabajo, compró pintura y dos brochas.

El primer día, partimos hacia nuestro destino, el inicio de una estrambótica y fantasiosa situación que he de presentarles más adelante, una aventura inimaginable.

Antes de entrar a las tierras correspondientes de Philippe, pase a saludar a un amigo muy querido, que se encontraba de paseo en la casa de playa la cual estaba al lado de nosotros. Según mi padre, era un amigo común, con cara dulce y serena, un hombre con ojos muy expresivos y soñadores, con labios voluptuosos; de color pálido, que tenía un cabello lacio, era de aspecto joven y muy lleno de energía, del cual yo me había perdidamente enamorado. El sentimiento era mutuo, pero por situaciones de la vida, no nos permitía estar juntos y vivir la feliz vida como en un cuento de hadas.

Habíamos compartido muchos sentimientos y experiencias juntos; pasábamos horas y horas hablando de nuestro porvenir, de nuestra visión, en general de nuestras vidas juntas, pero que hasta ahora de “nuestra” no tenía nada.

Amaba en las tardes que veíamos los atardeceres juntos y me miraba con esos ojos grandes y pardos, llenos de amor y esperanza, en las noches y madrugadas que reíamos sin parar; cada día de esos los guardo como el tesoro más preciado y valioso que alguien pudiese imaginar, y cada día que pasaba, cerca o lejos de él, sentía como el corazón se estremecía tan solo al recordar o pronunciar su nombre Henry, supe ahí que lo amaba profundamente, guardaba la esperanza en que algún día, pudiésemos formar un hogar.

Entramos serenamente hacia el santuario de mi padre apreciando la poca vegetación que había quedado. En toda mi vida nunca le había expresado palabras de cariño, pues teníamos un fuerte carácter que nos había costado dominar para poder sobrevivir. Algo en mi se estremeció en pocos segundos, como una angustia. Miré hacia el cielo, tenía un mal presentimiento.

Al momento unos hombres de aspecto tenebroso entraron violentamente, gritando y con armas en sus manos. No hicimos nada, más que mirarnos con ojos de amor. Sabíamos que era nuestro triste destino estar muertos.

Fuimos arrebatados y amarrados por las manos y nos sacaron de la finca. No hacía nada más que recordar los bellos momentos que pasé con mi padre y solo se dibujaba una sonrisa en mi rostro, la cual se desvaneció al ver el cadáver de mi amado Henry. Lágrimas rodaron en mi rostro, lágrimas de amargura, dolor y tristeza. Pero en el fondo, me sentía satisfecha por los momentos que había pasado tanto con Philippe como con Henry, sabía y ansiaba el momento de mi fallecimiento, para encontrarme con ellos en un lugar mejor, donde solo habrá paz y tranquilidad.

Mi último deseo era expresarle a mi padre por primera vez, con palabras lo mucho que sentía por él. Entre grito y escombro volví a ver a mi padre con una sonrisa y le dije:

Te amo con todo mi corazón…

Marcela A. Bonilla

 

 

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