Catedrática: Marta Palacios

La calle de los sueños rotos : Parte I

Entonces me di cuenta de la importancia que era tener un jornalero que cuidase las tierras de mi padre, y del cariño distante que le tenía.  Tengo muy presente la pluralidad y el número de palabras que intercambiamos. Lastimosamente, las consecuencias de la brusquedad, aspereza, y más que todo violencia,  terminó en que personas sin alma se llevaron la vida de nuestro jornalero. Legrand era el nombre de él, se encargaba de labrar las tierras y de plantar árboles que diesen fruto y sombra. Mi padre siempre ansiaba sus días libres, fuera de trabajo y agonía. Le gustaba  tenderse entre el espeso y denso cuadrado lleno de arboles.

Sentía extraordinaria afición por la naturaleza, y le agradaba mucho la idea de que Legrand estuviese haciendo realidad su momento de relajación. La consecuencia de este suceso, que nos ha dejado a todos anonadados y a una familia extensa sin un padre y esposo, más que todo revoca en que Philippe, mi padre, no tendrá a alguien que cuide su tesoro más preciado en estos momentos. En cuanto a Philippe, es un hombre con ojos turbios e intensos, con mejillas redondas, que cada vez que se enojaba desaparecían; con manos firmes y rugosas, de color moreno, con cabello lacio y desordenado, de aspecto alto y corpulento. La inexpresividad y la exigencia son las características que mejor lo describen, que a través de mis pocos años, he aprendido a tolerar y encauzar. Gracias a él, he desarrollado uno de los valores que se necesitan para estar en armonía y tranquilidad, que es la paciencia.

Después de permanecer toda una noche fría, llena de tristeza, de lágrimas, en compañía de la extensa familia de Legrand, estuvimos velando y dando nuestras condolencias; pensaba vigorosamente que la partida de nuestro querido jornalero y amigo, había despertado en el corazón de Philippe un vacio irreemplazable sobre este amigo, pero al parecer no era así. Admiramos parte del crepúsculo sobre una desolada y gigantesca roca, que se encontraba afuera de la casa de Legrand, y momento en el cual entre nosotros solo había silencio; volví mi jovial rostro y me dirigí con cautela hacia él.

-Lo siento, todo saldrá bien –murmure lanzando un profundo suspiro, como hablando hacia el vacio.

Solo se limito a asentar con su cabeza y mirada cabizbaja, con la cual miro hacia el mar, que se encontraba a solo unos cuantos metros. Nos dedicamos a elogiar y admirar la belleza del sol en casi su esplendor, así como también las olas que golpeaban la orilla del mar azul con su agua sonora de espuma singular.

Pocas horas después del último adiós a nuestro amigo, nos subimos al vehículo y dejamos atrás el caluroso ambiente del mar y al mismo tiempo un ambiente frio, poco acogedor en el que nos encontrábamos. En el camino, solo sonaba una música vieja que sabía que era la favorita de Philippe, que calmaba la ansiedad que la mayoría del tiempo mantenía. Llegamos a nuestro destino, del cual desconocía, y era un cálido restaurante por el cual pasaríamos a desayunar y a recuperar las energías que habíamos perdido.  Nos sentamos en una mesa de madera vieja, de la cual mi padre pudo detectar rápidamente que estaba hecha de cedro y que, probablemente de cientos de años, esta mesa estaba junto a una ventana, por la cual observábamos niños jugar entre la espesa niebla que descendía de la montaña, y cubría la mitad de las casas con sus habitantes, veíamos a las alegres personas saludarse entre ellas y tratando de subsistir, sacando afuera de sus humildes hogares los kioscos donde vendían fruta fresca cortada de la madrugada.

Mientras admirábamos a las personas trabajadoras, y nos alimentábamos para poder seguir con el agitado día, suspiro y con ojos tristes, se volvió a mí.

 

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